AMANTES de MEMORIAS DE ÁFRICA. 

CUENTO DE AMOR

 Era adolescente cuando se estrenó la primera película que se me colaba por dentro, porque Superman, había conseguido sobrevolar mi despertar a la atracción del otro sexo, pero no logró despegarme del suelo.

 

 Ojalá pudiera precisar el número de veces que la he visto, pero es como si redujera los regalos de mi vida a una cantidad, en vez de deleitarme en el placer de saborear cada uno de sus matices al saberlos presentes. Ninguna producción ha podido sustituirla, al contrario, pasan los años y voy entendiendo aún más por qué Memorias de África es mía.

 

 Con la mayoría de edad, me atraía Karen: elegante, atractiva, moderna, con capacidad de decisión, valiente y capaz de relatar historias apasionantes.

 Y Denys, mi héroe… ¿Encontraría alguna vez yo un hombre así? El perfecto amante, inteligente, de conversación deliciosa, generoso, detallista y aventurero. Me inquietaban sus dificultades para asumir compromisos, mi esqueleto se plegaba como un acordeón, buscaba culpables y mi dedo le señalaba a él, pero a la vez le comprendía y adoraba. La razón se imponía a algo que yo no estaba dispuesta a escuchar.

 La película no era nada sin la música. Cada melodía accionaba un clic en mis emociones vírgenes, alertándolas de un inimaginable universo todavía por conquistar. Adoraba ese momento exclusivo, en el que los amantes me llevan de paseo en avioneta para contemplar el paraíso desde las alturas.  ¿Encontraría alguna vez al hombre que me elevara con esa música de amaneceres corriendo por mi torrente circulatorio?

Con lo que yo creía que era mi primera historia de amor, la llantina comenzaba en el instante en que se conocen: cuando tu tren, Karen, se detiene ante él.

 —¿Cómo puedes estar preocupada por tu porcelana de Limoges cuando conoces al amor de tu vida? —le preguntaba a la protagonista en mis sueños.

 —Porque son mis pertenencias y me gusta cuidar de ellas. No vamos por la vida con un manual de instrucciones, no te lo tomes así —me respondía.

 —¿No te das cuenta? Denys te mira como lo hace un profundo aventurero y te regala palabras sabias. ¡Cómo no voy a llorar si estoy asistiendo al primer encuentro de un amor verdadero! Cómo no impacientarme cuando se va tejiendo el camino hasta ese instante en el que él te dice: “No te muevas”.

 —El tiempo se para en esa fusión…

 —Jamás volvisteis a ser los mismos, porque el amor verdadero busca templos donde ser venerado —grité a Karen mientras desaparecía dejándome ávida de respuestas.

¿Habría yo encontrado a mi hombre? ¡Cuántas búsquedas me quedaban por delante! ¡Cuántos encuentros y desencuentros! La sabiduría del amor tocaba sus campanas para mí pero, ¿para quién más?

 Llegaron las épocas en las que estaba furiosa con Karen. Ella viaja a África para vivir su título de baronesa. Necesita estar casada y luchar por una relación-negocio en la que es obsequiada con una sífilis que le obliga a parar y a renunciar a ser madre. Pero continúa su aventura personal que no espera a nada ni a nadie y encuentra la energía que mueve el cosmos: una relación sin contratos de interés, sin cuentas compartidas ni ganancias económicas.

 El regalo de mi propia ruptura se impuso para abrir caminos de búsqueda pasiva. Nueva etapa de luchas despiadadas por mi libertad en la que Memorias de África me alentaba a confiar en el destino. Hablaba con mi desconocido futuro amor, le contaba las revoluciones cotidianas, le enviaba interpretaciones musicales en la soledad de mi coche, porque él existía en esa melodía que precisaba de un timbre viril para traspasar mis huesos con sus colores. Pero sobre todo, en esta época no quería perder el tiempo con relaciones que no me aportaran, prefería vivir como Karen cuando decide aceptar su separación y volcarse en el cuidado de la plantación y de los kikuyus. Yo también me sumergí en mi mundo y sus circunstancias, dejando que el destino despejara el camino de mi ansiado encuentro…

 Los años pasaban y mi anhelado hombre no aparecía y, lo peor, es que ninguno de mis pretendientes lograba abrir en mí ni una rendija por la que colarse.

 —¿Por qué lo echas todo a perder, Karen?

 —La mayoría de las relaciones son un negocio y el amor esa nebulosa que damos por hecho. Yo quería tener lo que tenían otras… —me aseguraba ella en mis sueños.

 —¿Qué es más importante sentir con tu amante o tener un pacto con ese hombre o mujer? ¿Acaso el amor es un acuerdo de vida compartida en el que no se puede vivir la propia vocación porque solo existe un camino conjunto, que siempre bloquea el propio? 

 —El amante nunca entorpece al amado, lo estimula.  Exclusivamente ama y ama con el alma porque, con un título y una vida a medias, no se garantiza el seno del que debe emanar esa energía poderosa —me confesaba tomando té en el porche de su granja.

 —Ojalá yo también encuentre un amante que me haga volar.

 —Y tocar el Cielo…

 —Pero el amante no es Barón y no va a estar sujeto a tus controles de calidad social, Karen.

 —No te pongas así conmigo, querida. Soy humana, obré conforme a unas pautas que a la mayoría le sirven. Yo tenía una granja en África…

 —Pero no le posees a él, Karen, como se vive una relación de tantas, porque el amor no entiende de posesiones. Cuanto más forzamos al amor, libre por definición, más lo adulteramos.

 —Te deseo mucha suerte. Denys casi lo consigue —me susurraba con una acaricia antes de desaparecer para dejarle espacio a él.

 —¿Encontraré a un amante como tú, Denys, que me salve de los leones? ¿Una persona que me regale su pluma para que siga mi camino? ¿Aparecerá ese hombre que me obsequiará con su brújula cuando esté perdida?

 —Confía querida. Estar con mi amada es una fiesta permanente. Adoro escuchar las historias de Karen mientras la luz emerge cual luna llena de palabras y ojos ávidos de aventuras —me declaraba.

 —Pero el hombre viajero está demasiado seguro de sus sentimientos como para pensar en las preocupaciones de su amada, que ha firmado el cese de tu titulación decorativa y necesita sellar cual condena su amor.

 —En el amor no existen ataduras…

 —Cuando Karen comprende que tú, Denys, no formarás nunca parte del mobiliario de su granja, renuncia a la libertad de amar y sentirte amada, la más inmensa de las posesiones.

 —Si quieres ser amante, debes aceptar que las historias pueden elegir diversos finales —expresaba con dulzura— aunque recuerda, el amor verdadero es eterno, pase lo que pase.

 —Toda la película pensando que eres tú, Denys, quien no eres capaz de mantener una relación estable y finalmente la mujer amante, ex baronesa, provoca una convulsión en el mundo. Porque cuando una historia de amor verdadero se rompe, el universo sufre una catástrofe, como un tsunami que devasta cualquier latido.

 —Sin Karen, nada tiene sentido para mi, porque ni con toda la libertad del mundo merece la pena continuar —aseguraba mientras su voz se pierde tras el ruido del motor de una avioneta.

 Pasaba el tiempo y a pesar de la espera, mi esencia femenina ansiaba encontrarle y, sobre todo, si el destino lo dispone, reconocerle. Porque sin esa magia embriagadora, ahora lo sé, la vida puede ser maravillosa, pero no extraordinaria. ¿Miedo? ¿Pereza? No, el amor no requiere esfuerzos, simplemente se muestra. “El Amante” carece de adjetivos, es el portador del amor puro. Puedes estar solo un instante con tu amado, pero el resto del tiempo sigues siendo amante porque es una forma de ser y de permanecer en el mundo.

 Una dulce melodía logra que mi tren se detenga. Mi amante del alma tiene rostro, pero le descubro porque sus colores juegan a enredarse con los míos en abrazos de arcoíris que modifican mi anatomía, como la banda sonora de Memorias de África. Lo reconocí en el primer beso que movilizó los clics de mi esencia, ese primer beso que aún hoy me sigue estremeciendo bajo la misma lluvia que aquel día nos bendecía. Mi amante es la savia que alimenta la pluma de mi creatividad, mi amante me eleva con un poder sobrenatural a estados convulsivos múltiples, en ese espacio en el que lo terrenal y lo espiritual se hacen vida de placer en sublime fusión.

 ¿Por qué no dejaste que siguiera su camino, Karen? ¿Por qué no confiaste en él? Lanzo mis cuestiones a los protagonistas de Memorias de África y dejo que mi amante sea lo que elija ser. Permito que las ausencias se impongan para preservar nuestro amor, porque el amor dicta sus tiempos de curas interiores, de viajes necesarios sobrevolando el mundo que dejarás atrás si eliges que esa fuerza vigorosa gobierne una existencia sin jaulas. Dejo que se vaya, que vuelva y en sus viajes saboreo su omnipotente presencia.

Un paso, otro, y trazo mi camino que celebra la dicha de amar y saberse amada. No, mi ser amante no depende de que mi otro yo se estanque, mi esencia se mantiene sana porque existe otra dimensión que escapa de luchas y mezquindades. Nuestros encuentros son una celebración en la que fuegos artificiales estallan al fusionarse los centros de cada una de nuestras células. Ricas ofrendas en el altar de la dicha que alimentan la llama chispeante de nuestros puentes de color.

 —¿Por qué esperasteis a que vuestros caminos se acompasaran?  ¿Nos rendiremos nosotros a convencionalismos y vidas a medias? —les grito ahora mientras bailan el vals junto a la hoguera que ilumina la noche del safari…

 

 Yo no quiero un amante como Denys; yo quiero ser como él: ¡Libre! Sin tener que pedir permiso a nada ni a nadie. Libre para volar, sin avioneta, de la mano libre de mi amado. Libre para ir, para volver, para viajar, para no salir, para no ir, para quedarme, para no dar explicaciones. Libre para salvar y ser salvada de los leones, libre para amar porque sí, libre para no poseer. Libre para ser con el otro canal y santuario. Libre para mostrar el esplendor de mis colores que forman un arcoíris que busca ser puente de agua y luz. Libre de elegir estar con otro ser libre que abre mi sonrisa profunda de intimidad satisfecha.

 Y mientras saboreo los manjares del presente con mi amante, sé que puede llegar un mañana, en el que el final de Memorias de África me muestre nuevos horizontes y, tal vez, lo descubra perfecto.

 

Contacto


 

Ángela Poza Fresnillo, escritora, médico y amante del Filmamento.

Correo electrónico:

galena@flashesdelfilmamento.film

 

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